Hace mucho, mucho que viajo. Me encanta viajar, a veces incluso sin moverme. De repente noto que mi mente se evade y cada vez está más lejos, como cuando me quedo dormida. Entonces, cuando ya no pienso en nada, miro por la ventana y noto como mi alma sale de mi cuerpo, poco a poco, sin hacer ruido como si no quisiera que mi cuerpo sintiese que se va; pero lo hace, se va. Sale de mí, después por la ventana y empieza a volar: cinco metros, diez, quince,... Veo los tejados, los pájaros, más arriba los aviones y las nubes. Me siento en una a descansar: ufff, qué vértigo. Me tumbo, me quedo dormida. Ya no sé si estoy despierta o soñando pero me levanto y sigo mi camino. Subo más, hace frío, cada vez hay menos luz pero sigo subiendo. ¿A dónde voy? Lo tengo claro. ¿Cómo olvidar el camino? Es el único lugar para el que no necesito mapas ni planos. El único lugar donde me siento segura, donde nadie puede tocarme: tocar mi alma. Es mi refugio, mi descanso, mi paz. Ya llego. Ahí está. Llego, camino sobre ella. Es la luna. Tan solitaria como yo. Se parece mucho a mí: con luces y sombras, siempre una parte visible y una oculta. A veces se oculta poco, otras casi no se deja ver. Como mi alma: a veces la doy, a veces la escondo para que nadie pueda ver lo que siento, para que nadie pueda tocarla. Entonces, después de estar allí un rato, regreso. Vuelvo con la energía suficiente para enfrentarme a un nuevo día, para volver a subir allí donde nada importa, donde nadie llega. Sólo yo.