Todas las noches, al dormir, te siento cerca, muy cerca. Tu aliento en mi espalda, tus brazos abrazándome, tus piernas enredadas en las mías. Me despierto, me giro y no estás. No hay ni rastro de ti. Estoy sola en esta cama que atrapa mi soledad cada noche y la disfraza con sueños, sueños de volver, sueños de verte pero, para qué, no lo sabes, no lo entenderías. ¿Te pasa lo mismo? No lo creo. No lo sé. Lo cierto es que no sé nada de ti. Te conozco, me conoces, pero no sabemos nada el uno del otro. Nada de verdad. Todo lo cubro con sonrisas, bailes y copas: amistad. En realidad no quiero eso. No quiero ser tu amiga, quiero ser algo más pero tengo miedo: miedo de ti, miedo de mí, miedo de ambos y de ninguno, de estar juntos y de estar separados. Tengo miedo de la vida y de vivirla: a tu lado o sin ti. Tengo miedo de las emociones y de no controlar este corazón mío. Soy fuerte pero estoy muerta de miedo por lo que pasará mañana. Por primera vez en este ser tan racional algo no funciona. Mi corazón se impone a mi cerebro y no quiero dejarlo salir. No quiero exponerme. Estoy viva pero tengo miedo de vivir.